En la vida he conocido una sensación mejor que la que siento con el rock and roll

Dinamita es un grupo de rock que tiene una canción con la que me siento profundamente identificada por una de sus frases: “En la vida he conocido una sensación mejor que la que siento con el rock and roll.”

No sé qué tendrá el rock, pero cada vez que voy a un concierto siento algo difícil de explicar: una mezcla de libertad, pertenencia y energía que no encuentro en ningún otro sitio. Es como si, durante unas horas, todo encajase.

Ayer estuve viendo a Sons of Aguirre & Scila, Reincidentes y Rebrote en el festival Extremúsika, y no fue solo la música lo que me impactó, sino la gente. Me ha pasado lo mismo en conciertos como el de Marea o Robe. Siempre me sorprende lo mismo, la unión. Da igual cómo seas, alto, bajo, gordo, flaco, tengas dinero o no, seas guapo o feo, nadie juzga, nadie sobra. Todo el mundo te acepta.
Es como si, al compartir esta música, todos hablásemos el mismo idioma. Como si, de alguna manera, ya nos conociéramos. En ese momento dejamos de ser desconocidos para convertirnos en algo más cercano: amigos, incluso hermanos.

Y luego están los pogos. Desde fuera pueden parecer caos, golpes y desorden. Pero dentro ocurre algo completamente distinto, se construye un mundo aparte. Hay gente que se cae al suelo, pero en cuanto alguien cae, todo se detiene alrededor. Las manos aparecen de la nada. Personas que no te han visto nunca te levantan sin pensarlo. No hace falta pedir ayuda, no hace falta explicar nada, todos nos entendemos. Nos levantamos unos a otros.
Cuando pierdes a tus amigos dentro de un pogo, quienes están a tu alrededor te invitan a quedarte con ellos sin siquiera conocerte. Y ahí está una de las cosas más bonitas que he vivido: sentirse querida sin condiciones, sin preguntas, sin etiquetas.

Si lo comparo con otros conciertos más comerciales, como el de Quevedo o Fernando Costa, la diferencia es enorme. Hoy en día parece que todo el mundo está más pendiente de grabar que de vivir. Si miras hacia arriba, solo ves pantallas en alto, gente peleando por estar más cerca, por tener el mejor vídeo, el mejor ángulo. Como si el concierto fuese algo que hay que demostrar después, en lugar de sentir en el momento.

En cambio, en los conciertos de rock pasa algo distinto. Las cervezas vuelan, en los pogos acabas delante, detrás, a un lado… te mueves sin control. Y precisamente ahí está la magia: nadie está quieto, nadie está pendiente del móvil. Nadie intenta capturar el momento porque todos están ocupados viviéndolo.

Es un mundo paralelo. Y quizá por eso duele un poco volver a la realidad. Por eso sientes tristeza cuando acaba. Porque fuera de este espacio la sociedad funciona de otra manera, más individualista, más desconfiada y más centrada en las apariencias. Nos cuesta ayudarnos, aceptarnos, simplemente estar presentes.
Pero en un concierto de rock todo eso desaparece. Y entonces te das cuenta de algo: no es que ese mundo sea difícil y maligno, es que nos empeñamos en hacerlo así.

Quizá deberíamos aprender más de estos momentos. De esta unión espontánea. De esta capacidad de cuidar al otro sin conocerlo, de hablar sin miedo, sin vergüenza. De vivir sin filtros, sin pantallas, sin necesidad de demostrar nada.

Porque, al final, pocas cosas se sienten mejor que esto: pertenecer (aunque solo sea por unas horas) a un lugar donde todo el mundo suma y nadie resta.





 















Imágenes propias 

Comentarios

Entradas populares