El día de la oscuridad

Vivo en Arroyo de la Luz, un pueblo donde el día más importante del año es, sin duda, el Día de la Luz. Es una jornada dedicada a la Virgen, en la que todo el pueblo se transforma: hay procesiones, carrozas llenas de gente disfrazada y, por supuesto, las esperadas carreras de caballos en la calle principal.

 
Imágenes propias

Para muchos, este día se resume en ver correr a los caballos. Pero para mí es mucho más. Es un día de convivencia con la familia, de reencontrarte con amigos que hace tiempo no ves, de dejar a un lado las preocupaciones. Es el momento en el que todo el pueblo se une en la plaza y en la calle principal para disfrutar juntos de esta tradición.
Sin embargo, hoy, 6 de abril todo ha sido diferente. El Día de la Luz se ha convertido en un día oscuro. No deja de ser una fiesta compleja, incluso peligrosa, que requiere medidas de seguridad importantes como cámaras y, sobre todo, un sistema de megafonía que coordine todo. Sin esas medidas, sería imposible celebrarlo.
Y este año, precisamente, la megafonía ha fallado.
Por la mañana, como siempre, se han realizado las primeras carreras, las procesiones y las carrozas. Pero en el momento clave, cuando más se necesitaba la organización, el sistema ha dejado de funcionar. Nadie sabe exactamente por qué. Se habla incluso de un posible boicot, ya que todo el equipo era nuevo y había sido probado previamente. Pero más allá del motivo, que sigue siendo incierto, lo que realmente me ha hecho reflexionar han sido las reacciones de la gente.

El actual alcalde, Carlos Caro, no ha dado una explicación inmediata, lo que ha aumentado la incertidumbre. A eso se le suma la frustración de los caballistas, que llevan todo el año preparando este día con ilusión. Y ahí han empezado a verse las diferentes formas de afrontar una misma situación. 
Por un lado, muchas personas como yo entendemos el sentido amplio de la fiesta y lo asumimos con calma. Para nosotros, el Día de la Luz no son solo carreras. Es todo lo que lo rodea. Entendemos la decepción, pero también sabemos ponerla en contexto.
Por otro lado, algunos caballistas han reaccionado con mucha más dureza. Necesitaban un culpable, y lo han encontrado en el Ayuntamiento. Se han pedido explicaciones, planes alternativos, responsabilidades… aunque la realidad es que nadie podía prever algo así. No todo error tiene una intención detrás.
Incluso surgen interpretaciones espirituales. Ha habido quien ha hablado de un “castigo divino”, relacionándolo con el momento en el que algunos caballistas han pedido al cura que no dijera la homilía en la misa para que esta fuese más corta. El párroco, Juan Manuel, ha decidido no hacer la homilía para no retrasar la jornada, afirmando que él no iba a ser el responsable de que la carrera empezase tarde.
Casi como si se tratara de un capricho del destino, esta no ha llegado a celebrarse.

La tensión ha ido creciendo. Ha habido enfrentamientos entre distintos grupos de caballistas, discusiones, incluso peleas que han obligado a intervenir a la Guardia Civil. Pero también he visto algo que me ha devuelto cierta esperanza pues cuando todo se ha calmado, los dos grupos se han reconciliado, recordando que, en el fondo, todos estaban ahí por lo mismo.

No todo ha sido tan esperanzador. Durante la última procesión, los concejales y el alcalde han tenido que ser escoltados. Recibiendo insultos, gritos e incluso agresiones. Una situación que ha obligado a desplegar un fuerte dispositivo de seguridad.
Y ahí es donde creo que está el verdadero problema.

Tenemos una tendencia casi automática a buscar culpables cuando algo sale mal. Pero rara vez nos paramos a pensar que, al otro lado, hay personas igual de perdidas, igual de frustradas, intentando entender qué ha pasado. El alcalde, según se sabe, ha pasado toda la mañana intentando encontrar una solución junto a la empresa responsable, que tampoco ha sabido dar explicaciones.
Esto me lleva a una reflexión más amplia: vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más gestionar la frustración. Donde es más fácil señalar que comprender, más fácil gritar que escuchar. Dependiendo del lugar en el que estemos, juzgamos los hechos de una manera u otra, sin intentar realmente entender todas las perspectivas.

Quizá el verdadero reto no sea evitar que ocurran errores (porque siempre ocurrirán), sino aprender a reaccionar ante ellos con empatía, con sentido crítico y, sobre todo, con humanidad.
Porque al final, ¿qué dice más de un pueblo: que algo falle, o la forma en la que sus vecinos responden cuando eso ocurre?


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