14 de abril
Hoy, 14 de abril, se conmemora el Día de la República. No es solo una fecha: es la memoria viva de un pueblo que se atrevió a soñar con un país más justo, más libre, más igual. Y, precisamente por eso, es también un día para detenerse y pensar.
Porque hoy es un día incómodo. Incómodo porque nos obliga a mirar de frente al pasado y a reconocer cuánto de aquel anhelo sigue pendiente. Porque duele admitir que muchas de las luchas de nuestros antepasados siguen abiertas. Que muchos de los derechos por los que millones dieron su vida no han llegado a materializarse plenamente.
Y no hablo aquí de formas de gobierno, de monarquía o república (ese es otro debate). Hablo de algo más profundo, de las libertades. De aquellas por las que tantos fueron perseguidos, encarcelados, fusilados. De esa dignidad básica que aún hoy no alcanza a todos. Casi un siglo después, seguimos hablando de precariedad, de desigualdad, de quienes quedan fuera. Seguimos nombrando las mismas heridas con palabras nuevas.
Por eso hoy quiero rescatar la voz de Lorca, que no ha perdido vigencia:
“Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible...”
Versos de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca
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| Imagen creada con inteligencia artificial (ChatGPT open AI) |
Hoy y siempre , esa“otra mitad” representa a quienes no se encuentra en los relatos oficiales: los que sostienen el mundo sin beneficiarse de él. Son los trabajadores precarios, los expulsados del acceso a una vivienda digna, quienes viven en la incertidumbre constante, quienes quedan fuera de un sistema que mide el progreso en cifras pero no en vidas.
Recordar la República no debería ser un gesto vacío. Debería ser un compromiso. Un compromiso real con esa mitad olvidada. Porque la memoria, si no se convierte en justicia social, es solo un eco incompleto.
Quizá no se trate únicamente de cambiar estructuras como la monarquía, sino de arrancar de raíz los valores que perpetúan la desigualdad dentro del sistema. O quizá haya estructuras tan profundamente corrompidas, que no hagan hueco para valores y solo puedan superarse dejándolas atrás.
La respuesta no es única. Ni debe serlo.
Por eso, la reflexión os pertenece.
Tened una opinión propia. Construidla, cuestionadla, defendedla. Pero no olvidéis nunca esto: que vuestra opinión jamás sea incompatible con vuestros valores ni con vuestras libertades.


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