Alma guerrera
Todos los educadores sociales tenemos una historia.
Algunos han sufrido bullying. Otros han vivido las drogas de cerca.Otros han sentido el racismo en su propia piel.
Hoy, 8 de marzo, siento que es un buen momento para contar la mía.
En mi familia somos cuatro hijas. Mi hermana mayor me saca catorce años, para mí, siempre ha sido como una segunda madre.
Cuando tenía 14 años empezó a salir con un hombre cinco años mayor que ella. Mi madre se echó las manos a la cabeza. Un chico mayor de edad con su hija de tan solo 14 años. Ella estaba enamorada de él. Mi madre no podía prohibirlo, solo acompañarla y seguir de cerca la relación.
Lo que parecía una relación aparentemente normal, poco a poco se convirtió en una relación peligrosa.
Su novio, a día de hoy su exnovio, empezó a aislarla de sus amigas, de sus estudios, de nosotros, de su familia.
Aunque yo solo tuviese cinco años, en mi mente todavía están grabadas muchas cosas, las miradas de tristeza, las discusiones constantes, las amenazas, el miedo en casa y el dolor silencioso de mis padres.
Todo giraba alrededor de aquella relación
La historia terminó tras denuncias y órdenes de alejamiento. Pero las huellas de esta historia permanecen grabadas. Hoy mi hermana pequeña tiene 15 años. Y muchas veces sufro pensando que algo así pueda volver a repetirse.
Por esto, y por muchas cosas más, quiero ser educadora social.
Porque ninguna familia debería vivir con el miedo de pensar que su hija, su hermana, su nieta o su sobrina quizá no vuelva a casa por culpa de quien decía quererla. Por esto el 8 de marzo me toca tan profundamente.
Si estás pasando por una situación así, o conoces a alguien que lo esté viviendo, no juzgues, no te apartes, solo acompaña.
Sentir que no estaba sola salvó a mí hermana. A veces el primer paso para salir de la violencia es saber que no estás sola.


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